Mes: diciembre 2017 (Página 1 de 2)

20 Actividades de Español para niños y niñas de 6 a 9 años

20 Actividades de Español para niños y niñas de 6 a 9 años

Se trata de un documento pdf con 20 fantásticas actividades de español para aprender jugando.

Las actividades que proponemos a continuación, descargables e imprimibles, tienen la intención de dar propuestas para salir así de lo que se hace siempre, facilitar una secuencia de trabajo, elaborada con sus pasos, para quienes no tengan mucha experiencia en este terreno.

Asimismo, trabar todas las destrezas comunicativas: expresión oral y escrita ; comprensión auditiva y lectora.

Fomentar el aprendizaje cooperativo y la interacción entre iguales y en la lengua meta, por ello se pide constantemente que el alumnado trabaje en parejas o en pequeños equipos, siempre supervisados por el / la docente.

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Libro Gratuito: Protesta e indignación global, Los movimientos sociales en el nuevo orden mundial

Libro Gratuito:

Protesta e indignación global, Los movimientos sociales en el nuevo orden mundial

La obra resume el inmenso esfuerzo organizativo y analítico que Breno Bringel y Geoffrey Pleyers han desarrollado en la plataforma openMovements, un componente de la gran iniciativa editorial independiente que es openDemocracy.

Protesta e indignación global es un libro que, sin lugar a dudas, será referencia ineludible en el debate sobre el presente y el futuro de los movimientos sociales y de las organizaciones populares que se movilizan por los derechos ciudadanos, la justicia social, los bienes comunes y la democracia radical.

Un aporte que hace de las ciencias sociales críticas una herramienta de intervención política y de compromiso militante en las luchas por la igualdad y la emancipación humana.

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Niebla Voladora, cuento de Elsa Bornemann

-por Elsa Bornemann-

No se atrevía a contárselo a nadie. Ni siquiera a Tina, que la quería tanto. Tampoco a Bimbo, el gato de al lado. ¿Cómo decirles que estaba aprendiendo a volar? Además, ¿qué diría Tina si se enterara? Seguramente exclamaría asombrada: “¡Mi gata Niebla puede volar!”, y entonces… ¡ZACATE!, su mamá llamaría al veterinario y…

¿Y Bimbo? ¿Le creería acaso? No; era tan tonto… Lo único que le importaba era comer y remolonear… Nunca creería que ella era una gata voladora. Imposible. No podía contárselo a nadie.

Así fue como Niebla guardo su secreto.

Una noche de verano voló por primera vez. Un rato antes había escuchado gritar a las estrellas. ¿Las había escuchado realmente? Tal vez no… Estaba tan excitada sin saber por qué… Se acomodó inquieta en las ramas de la parra, donde le gustaba dormir, y miró hacia abajo. De repente, se dejó caer sobre las baldosas del patio, desteñidas por la mansa luz de la luna. Cayó blandamente, con las pata bien estiradas, y la cola ondulando en el vacío.

¡Volar sin alas! ¡Era tan sencillo y hermoso! ¡No se explicaba cómo no lo había hecho antes!

Desde esa vez, Niebla se lanzó a volar cada noche, usando la parra como pista de despegue. Su cuerpito gris se extendía por el aire hasta alcanzar las copas de los árboles de la vereda… el mástil de la escuela de enfrente… la veleta de la fábrica… la torre de la iglesia…

¡Alto! ¡Cada vez más alto! Cada vez más lejos de los sueños de la gente… Cada vez más cerca de los sueños de la luna… ¡Qué lindo era ver todo desde allí arriba! El aire tibio del verano se rompía en serpentinas a su paso. Las calles eran rayitas oscuras con fosforitos encendidos aquí y allá ¡Alto! ¡Cada vez más alto!

Hasta que una noche… el cielo crujió en relámpagos. Las estrellas se pusieron caperuzas negras, y ya no se las vio… una fuerte lluvia se volcó sobre el verano…

Niebla volaba distraída cuando las primeras gotas le mojaron la cola, el lomo, las patas, la cabecita…

Tina se despertó en su habitación, sacudida por los truenos.

– ¡Niebla! -se dijo, preocupada -. ¡Niebla está en la parra y va a mojarse! -y salió corriendo hacia el patio. Justamente en ese instante, su gata planeaba bajo la parra, tratando de aterrizar sobre las baldosas.

Entonces la vio, Tina la vio:

-¡Mi gata vuela! ¡Mi gata vuela! ¡Niebla es voladora! ¡Que maravilla!

En un momento, papá y mamá estuvieron a su lado:

– Pero, Tina, ¿qué haces bajo la lluvia?

– ¡Ay, Tina, siempre imaginando disparates!

– Solamente las aves pueden volar…

– A la cama, nena, te hará daño mojarte…

– Pobrecita mi Tina, sigue creyendo que su gatita volverá… ya te traeremos otra…

Tina no los escuchaba. Se dejó llevar hacia su habitación. Se dejó abrigar en su cama. Se dejó besar… Y apenas sus padres volvieron a dormirse, se levantó y miró a través de la ventana. Entonces, vio pasar a Niebla, volando entre lluvia y noche sobre los árboles, sobre las veletas, sobre los techos de las últimas casas de la cuadra, sobre la torre de la iglesia -con su colita ondulando en el vacío -, hasta que no fue más que un punto en de humo en el horizonte.

¡Alto! ¡Cada vez más alto!

 

Desde entonces, Tina lleva su sillita de mimbre a la puerta de su casa las noches de verano y allí se sienta. Mira a lo lejos y no habla.

Sus papás dicen que es una nena muy imaginativa y acarician el solcito de su pelo, al pasar a su lado…

Los vecinos opinan que sueña despierta y cuentan que sus ojos claros son dos paisajes de lluvia, aunque las noches sean tibias y luminosas…

Pero yo sé que Tina sólo espera el regreso de su gata, y sé también que Niebla volverá alguna noche, volando sobre los tejados, en busca de esa querida parra que filtra la luna sobre el patio… en busca de esa querida niña…

 

Mientras tanto, Tina espera y crece.

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El Pasaje de la Oca

-por Elsa Bornemann-

El pasaje de lo Oca era una callecita muy angosta… Tan angosta que a las personas que allí vivían les bastaba estirar las manos a través de las ventanas para estrechar las de los vecinos de enfrente. Todos eran felices allí y yo no tendría nada que contarles si una madrugada no hubiera llegado al Pasaje de la Oca el señor Álvaro Rueda.

Este señor estacionó su automóvil justo a la entrada del pasaje y tocó insistentemente la poderosa bocina hasta despertar a los habitantes de la callecita. En cinco minutos ya estaban todos alrededor del auto, entre dormidos y asustados, preguntándole qué sucedía.

Álvaro Rueda , mostrándoles un plano, les anunció la terrible noticia:

– Señores vecinos, yo soy el dueño de este terreno. Lamento comunicarles que la semana próxima desaparecerá el Pasaje de la Oca. Haré demoler todas las casas, puesto que aquí construiré un gran edificio para archivar mi valiosa colección de estampillas… Múdense cuanto antes -y, despidiéndose con varios bocinazos, puso en marcha su vehículo y se perdió en la avenida.

Por un largo rato, los vecinos del Pasaje de la Oca no hablaron, no lloraron ni se movieron: tanta era su sorpresa. Parecían fantasmas dibujados por la luna, con sus camisones agitándose con el viento del amanecer.

Más tarde, sentándose en los cordones, estudiaron diferentes modos de salvar el querido pasaje:

1) Desobedecer al señor Rueda y quedarse allí por la fuerza.

Pero esta solución era peligrosa: ¿Y si Álvaro Rueda -furioso- ordenaba lanzar las máquinas topadoras sobre el pasaje, sin importarle nada? No. En ese caso, lo perderían sin remedio…

2) El Pasaje de la Oca podría ser enrollado como un tapiz y trasladado a otra parte; solución que fue descartada: -¡No! ¡Imposible! ¡Se quebrarían todas las copas! ¡Se harían añicos las jarras y los floreros de vidrio! ¿Cómo salvarían los espejos?

3) Podrían contratar a un hechicero de la India para que colocara el pasaje sobre una alfombra voladora y lo llevara, por el aire, a otra región. Pero la India estaba lejos de allí… y el viaje por avión costaba demasiado dinero…

Ya estaban por darse por vencidos, resignándose a perder su querida callecita, cuando el anciano don Martín tuvo una idea sensacional: – ¡Viva! ¡Encontré la solución! Escuchen: nos dividiremos en dos grupos y cada uno tomará el pasaje por un extremo. Los de adelante tirarán de la calle con todas sus fuerzas y los de atrás empujarán con vigor. De ese modo, podremos despegarla y llevarla -arrastrando -hasta encontrar un terreno libre donde colocarla otra vez. ¡El Pasaje de lo Oca no será destruido!

-¡Viva Don Martín! -gritaron todos los vecinos, contentísimos. Y esperaron la noche para realizar su extraordinario plan.

Fue así como, cuando toda la ciudad dormía, los habitantes del Pasaje de la Oca lo tomaron de las puntas y empezaron la mudanza. Despegarlo fue lo que más trabajo les costó, porque arrastrarlo no resultó dificultoso. El pasaje se dejaba llevar como deslizándose sobre una pista encerada.

Pronto encontraron la avenida, suficientemente ancha como para permitir el paso de la callecita… Y allá fueron todos -hombres, mujeres y niños -, llevándose el pintoresco pasaje a cuestas, como un maravilloso teatrito ambulante, con sus casitas blancas y humildes bamboleándose durante la marcha, con sus faroles pestañando luces amarillentas, con sus sábanas bailando en las sogas de las terrazas bajo un pueblito de estrellas echado boca abajo.

La mañana siguiente abrió sus telones y vio al Pasaje de la Oca instalado en el campo. Allí, sobre el chato verde, lo colocaron felices. Esa noche celebraron una gran fiesta y los fuegos artificiales estrellaron aún más la noche campesina.

A la mañana siguiente, cuando el señor Álvaro Rueda llegó, seguido por una cuadrilla de obreros dispuestos a demoler el pasaje, encontró el terreno completamente vacío.

– ¡El callejón desapareció! -alcanzó a gritar antes de hacer desmayado.

Y nunca supo que la generosidad del campo había recibido al pasaje, callecita fundadora del que, con el correr del tiempo, llegó a ser el famoso PUEBLO DE LA OCA.

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Pablo, cuento de Elsa Bornemann

-por Elsa Bornemann-

El pueblo se llamaba…

Chato y polvoriento, recostado frente al mar, era una cinta de arena y piedra oscura. Sus habitantes echaron a rodar esa mañana de primavera como una moneda más, sin notar en ella nada diferente.

Al mediodía, la gente se arremolinó en el mercado del puerto, como tantas otras veces. Aquello sucedió por la tarde. El silbato del tren pasando a lo lejos fue el sonido que señaló el principio. Justo en ese momento, los pescadores quedaron con las bocas abiertas, mientras cantaban recogiendo sus redes. Y de sus bocas ya no salió ninguna palabra. Lo mismo les sucedió a los vendedores del mercado…

a las mujeres en sus cocinas…

a los viejos en sus sillas…

a los estudiantes en sus aulas…

a los más chicos en sus juegos…

Por más que intentaron, ninguno pudo decir ni siquiera una sílaba. Las caras se esforzaron, sorprendidas, una y otra vez. Fue inútil. El silencio fue un poncho abierto oscureciendo al pueblo. ¿Qué pasaba?

De pronto, vieron como cinco, diez, cuarenta, cien, dos mil palabras saltaban al aire desde sus bocas silenciosas, tomando extrañas formas. Y tras ellas fueron, amontonándose en desordenada carrera, sin saber adónde los llevaría ese rumbo sur que señalaban.

Hubo quienes siguieron la palabra “MAR”, maravillados por esas tres letras verdes ondulando en la tarde…

Otros prefirieron marchar tras la palabra “SOL”, partida en gajos de una enorme naranja…

Algunos se decidieron por la palabra “CARACOL”… o “VIENTO”… o “TELAR”… o “MARIPOSA”… o “CEBOLLA”… o “VINO”…

Pero la que congregó la mayor cantidad de caminantes fue la palabra “PAZ”. Esa sí que deslumbraba, con su amplia zeta abierta como la cola de un pavo real…

No les fue posible seguir a cada una en especial. Las palabras eran tantas, tantas, que muchísimas debieron volar en soledad, chocando entre sí en su afán de llegar primero a… ¿A dónde?

Pronto lo supieron. La gente detuvo sus pasos ante una casa grande, mirando con sorpresa cómo por la chimenea, por las ventanas, por puertas y cerraduras, todas las palabras se precipitaban convertidas en una fantástica lluvia de letras.

Llovió durante un largo rato.

Entonces entendieron lo que había sucedido y un temblor los unió. Esa era la casa de Pablo, el poeta, hermano del amor y la madera, amigo de paraguas y copihues, caminador de muelles y de inviernos, timonel del velero de los pobres, voz de los tristes, de piedras y olvidados…

Esa era la casa de Pablo, que acababa de morir…

Las palabras habían perdido su ángel guardián, su domador, su padre, su sembrador… Ellas lo sabían… Por eso habían sentido su adiós antes que nadie y habían disparado en cortejo, para besar esa boca que ya no volvería a cantarlas…

La noche no se animaba aún a desenrollarse cuando dejó de llover. En ese instante, una niña desconocida salió de la casa de Pablo. Su vestido blanco fue un punto de azúcar luminoso en la oscuridad. Su pelo en llamas se abrió en antorchas alrededor de su cabeza. Entonces gritó “¡VIDA!”, y la gente de aquél pueblo que se llamaba… atajó la palabra en movimiento y gritó con ella “¡VIDA!”. Entonces gritó “¡TIERRA!”, y un aullido coreado por todos rajó la noche: “¡TIERRA!”. Y gritó “¡AIRE!” … y “¡AGUA!” … y “¡FUEGO!”… a la par que de sus manos salían todas las palabras de Pablo, mágicas uvas que repartió entre los que estaban agazapados en su torno.

Y esas uvas se unieron nuevamente en racimos verdes…

Y los versos de Pablo se repitieron una y otra vez…

Y se siguieron cantando una y otra vez…

Y retumbaron como tambores en escuelas y carpinterías, en bosques y mediodías, en trenes y bocacalles, en ruinas y naufragios, en eclipses y sueños, en alegrías y cenizas, en olas y guitarras, en ahoras y mañanas… una y otra vez… una y otra vez… una y otra vez… una y otra vez…

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Potranca Negra

-por Elsa Bornemann-

En la estancia de padrino Ernesto, donde estoy pasando mis vacaciones, hay muchos potrillos… ¡pero ninguno como mi potranca negra!

Cuando los arados van a dormir su fatiga, ella se me aparece al tranquito, lamiendo el atardecer como si fuera el agua de los bebederos.

Es arisca. No viene cuando yo la llamo sino cuando ella quiere, despeinando los juncales con sus largas crines. Sus huellas van oscureciendo los caminitos de barro.

Espero que toda la gente de las casas se haya acostado y abro las ventanas de mi cuarto para mirarla: la veo trotando sobre malezas y pastizales, escabulléndose entre los cardos, saltando los alambrados…

¡Potranca desbocada! Galopa sobre el campo o sobre los techos, enfriando el aire con su aliento. Sus cascos golpean las puertas y su cola azota molinos y chimeneas. Escucho el roce de su poncho al engancharse en los postes, mientras arroja negrura por todas partes.

A veces, le relincha a la luna, y otras, la lleva sobre la grupa para que reparta sus luces por lagunas y charcos.

¡Potranca salvaje! ¡Imposible cabalgar sobre su lomo! Pero puedo tocarla cuando apago mi lámpara: en ese momento se me acerca mansita y la acaricio. Ella me mira desde la oscuridad de sus ojos enormes y yo la contemplo en silencio, hasta que los gallos abren la madrugada y la mañanita empieza a remontar su barrilete de sol…

Mi potranca huye entonces, tijereteando las sombras…

Más tarde, mientras le cebo unos mates, padrino Ernesto me dice que esa que quiero tanto es LA NOCHE y promete regalarme una yegüita overa, para que no siga imaginando pavadas… Yo sonrío y me callo… Padrino Ernesto debe estar celoso: él tiene muchos potrillos… ¡pero ninguno como mi potranca negra!

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Un Elefante Ocupa Mucho Espacio

-por Elsa Bornemann-

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar “en elefante”, esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo… ah… eso algunos no lo saben, y por eso se los cuento:

Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.

-¿Te has vuelto loco, Víctor?- le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula. -¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!

La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:

-Ja. El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas…

– ¿De qué te quejas, Víctor? -interrumpió un osito, gritando desde su encierro. ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?

– Tú has nacido bajo la lona del circo… -le contestó Víctor dulcemente. La esposa del criador te crió con mamadera… Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad…

– ¿Se puede saber para qué hacemos huelga? -gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.

– ¡Al fin una buena pregunta! -exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos… que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero… que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente… que se los forzaba a imitar a los hombres… que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres… Y que patatán fue la orden de huelga general…)

– Bah… Pamplinas… -se burló el león-. ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?

– Sí -aseguró Víctor. El loro será nuestro intérprete -y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera. En seguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros.

Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡hasta el león!

Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas… (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped…)

De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:

– Los animales están sueltos!- gritaron acoro, antes de correr en busca de sus látigos.

– ¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas!- les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente.

– ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!

– ¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas! -y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.

– ¡Ustedes a las jaulas! -gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.

La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías, las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban: CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.

Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:

– ¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! ¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!

– ¡No usen las manos para comer! ¡Rebuznen! ¡Maúllen! ¡Ladren! ¡Rujan!

– ¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! – gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos-. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?

El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:

– … Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán… porque… o nos envían de regreso a nuestras selvas… o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.

Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África.

Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: En uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor… porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio…

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Manual de Redacción Académica e Investigativa: Cómo Escribir, Evaluar y Publicar Artículos

Durante la carrera universitaria, los estudiantes nos enfrentamos a una gran cantidad de trabajos escritos, los cuales requieren un alto grado de comprensión y comunicación escrita.

Muchas veces, nos encontramos en un estado en el que las palabras fluyen con facilidad, lo que nos facilita la elaboración de artículos, ensayos y demás escritos investigativos, sin embargo, nos encontramos con otro momento donde buscamos a toda costa la creatividad para la composición de éstos.

Para ello, este manual que compartimos a continuación, permite al estudiante conocer las pautas básicas para realizar un escrito de carácter académico, que reúna los criterios claves para su propósito.

El “Manual de Redacción Académica e Investigativa: Cómo Escribir, Evaluar y Publicar Artículos”, ofrece una compilación de temas de gran importancia tales como:

Reflexiones generales sobre la escritura académico-investigativa

La escritura académico-investigativa: una aproximación

La intertextualidad en la escritura académico-investigativa

La comunicación científica

Criterios para la evaluación de artículos académicos e investigativos

Entre otros

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32 Actividades muy fáciles y prácticas de Estimulación Táctil

32 Actividades muy fáciles y prácticas de Estimulación Táctil

1     Juegos con agua.

2     Juegos con plastilina.

3     Juegos con masa.

4     Juegos con arcilla.

5     Juegos con arena.

6     Juegos con macarrones, arroz, cereales, alubias.

7     Envuelva al niño con tejidos de distintas texturas.

8     Quédense bajo la lluvia.

9     Túmbense encima de hierba fresca.

10   Jueguen en la nieve.

11   Jueguen con las hojas de otoño.

12   Jueguen con cubos de hielo.

13   Utilice un secador.

14   Utilice un abanico.

15   Exponga al niño a corrientes de aire.

16   Coloque al niño en distintos tipos de suelo.

17   Juegue en agua templada jabonosa.

18   Juegue en el barro.

19   Pintura de dedos con natillas, puré.

20   Juegue con cremas de afeitar de distintos olores.

21   Juegue con cinta enmascarante.

22   Juegue con harina, azúcar, sal.

23   Use cepillos de ropa, cepillos de uñas, borla de polvos.

24   Utilice lija, plástico, esponjas, balletas.

25   Tejidos con pelusa para mantas.

26   Cartulinas debajo de hojas calco.

27   Colchones de agua, colchonetas inflables.

28   Ponga peso en distintas partes del cuerpo.

29   Juegue con velcro.

30   Juegue con bufandas sedosas, guantes de lana.

31   Use loción corporal en distintas partes delcuerpo.

32   Túmbense o anden descalzos en superficies distintas.

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25 Actividades muy prácticas de Estimulación Auditiva

Estimulación auditiva por Susan Kokko

A contiuación una lista de 25 Actividades muy prácticas de Estimulación Auditiva que se pueden utilizar en el aula de clase o fuera de ella:

1          Emita sonidos a través de un globo colocado en el cuerpo o en la cara del niño.

2          Ponga las manos del niño en la boca, garganta, pecho, nariz y balbucee, canturree o emita sonidos vocálicos y consonánticos.

3          Utilice el cartón del rollo de papel higiénico como altavoz.

4          Imite las vocalizaciones del niño.

5          Haga sonidos de animales.

6          Acune al niño mientras le canta canciones de cuna.

7          Utilice instrumentos de música (empezar con los más suaves y progresar hacia los más intensos).

8          Salude siempre al niño.

9          Ponga al niño una pulsera de cascabeles en la muñeca o en los tobillos e incítele a moverse.

10      Aplauda y, coactivamente, haga que el niño imite la acción y el sonido.

11      Utilice luquetes que producen sonidos cuando se les mueve. Ejemplo un perro que ladra cuando anda.

12      Juegue al cucú tras-tras.

13      Ha ga juegos de manos sencillos que impliquen acción.

14      Cante canciones sencillas que se acompañen de movimiento.

15      Juegue con juguetes musicales.

16      Introduzca cajas de música.

17      Introduzca materiales que hagan ruido. Por ejemplo, doblar o estrujar papel de celofán, papel de envolver, periódicos, etc.

18      Juegue con despertadores.

19      Utilice sonajeros.

20      Juegue con juguetes chirriantes.

21      Escuche distintos tipos de música.

22      Haga juegos de imitación.

23      Escuchen los sonidos de los electrodomésticos.

24      Coloquen móviles junto a una ventana abierta.

25      Ponga un timbre o una bocina en la bicicleta, en posición tal que el niño pueda tocarla.

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